jueves, 5 de septiembre de 2013
domingo, 1 de septiembre de 2013
domingo, 21 de julio de 2013
Relojería bucalosa-Cuento de Lisandro Ciampagna (copyright, 2013)
Las cámaras tomaraban
colidamente en el estudio glamoroso color rojo. Mientras los maquiniyadores
movían sus chiavos en lso fondos de los engranajos del aparato.
El gran aparato era
alto y murvilloso. Estaba vestido de negor y su cabello artifiloso era
multilloso. Sus facciones eran venerblísimas y su voz, decían resultaba tan
multimagnifilicente que los oyentes aplaudían embelasadamos cada vez que
espectaban las malisidiosas palabras.
Casi era la hora y las
pantalatadas de todos los hogares se encendían ensimiliadas. Ya los engranajos
estaban aceitados y las túrculas ajustadas. Ya se cerraba la tapa del Gran
Aparato y se daban las últimas vueltas a la cláviculuna maestra. Era esta
doradula y brillante, y se colocaba en la espalda para que los operánculos
pudieran poner en funcionamiento el gran aparato.
Finalmente las luces
pistañaron y los televisores espectorelaron la soberinula imagen del gran
aparato.
La relojería bucalosa
giró y la cavilosa bucosa se activó.
¡Venerablísimo!
¡Multimagnicilente!
¡Archirrecontraevanecente!
La milagrosidad de la
bucalosa del Gran Aparato producía desmayos y lagrimioles en todo el paísulo.
Desde el más vegelstosio hasta el más pequeñerajo. Desde el ricalazo hasta el
punículo. Lo mismo el oficialoso que espectaba en la gran cunícula que el
taxímetrado que escolaba por la ranícula de su vehículo.
Todos los espectalones
lagrimileaban embelasadamos.
Las cámaras tomaraban
sin descanso y el bucaloso mecanismo parlolaba sin alivio.
Pero entonces… ¡oh,
calamitometro! ¡Oh, desastrúnculo!
El venerablísimo Gran
Aparato pistañó uns ecúndulo y luego la cavilosa bucosa se cerró.
Los espectalones se
paralizaron. Los polínticos prolifestaban apelmasados. Las apenadas madrículas
acariciaban a su pequeñerajos acongojados. ¡Desastrúnculo! ¡Ruina! El paísulo
atropelado por el Gran Aparato etropleado!
Hasta que un fláctulo
machinador pasó frente a las cámaras pistañeantes. Miró un momento el gran
aparato y le dio un someroso zampano.
El paísuculo contuvo el
aliento embeladamado frente a las convulaciones del Gran Aparato. De golpe
pistañeó y la milagrosidad bucalosa volvió a abrirse.
¡Venerablísimo!
¡Multimagnicilente!
¡Archirrecontraevanecente!
¡El paisúculo salvado!
¡El aparato ameliado! ¡Gloria, gloria, gritaron frente a todas las pantallas,
todos los espectalones! Desde el más vejelstosio hasta el más pequeñerajo.
Desde el ricalazo hasta el punículo. Los mismo el oficialoso que espectaba en
la gran cunícula que el taxímetrado que escolaba por la ranícula de su
vehículo. ¡Gloria al milagrosioso murvilloso aparato!
domingo, 19 de mayo de 2013
DES-CONS-TRUCCIÓN
En un pueblo cercano a
Babilonia, cuando supieron que los habitantes de Shinar habían iniciado la
construcción de la Torre de Babel, decidieron que no podían ser menos
que sus vecinos. Entonces, empezaron a realizar un proyecto ambicioso que debía
superar ampliamente a la obra faraónica de los descendientes de Noé.
En el centro
mismo de la ciudad, en la plaza que servía de unión a los pueblerinos,
comenzaron los trabajos de excavado.
La intención
era clara: llegar al centro de la tierra y convertirlo en el refugio imponente
de las obras consagradas a Dios.
La obra, más
que disparatada, era imposible, porque las herramientas con que contaban eran
ínfimas e ineficaces para tamaña tarea. Uno a uno, los habitantes fueron sucumbiendo
en su delirio de grandeza. Sin embargo, no cejaron en su empeño y en su
constancia. Las generaciones futuras, continuaron lo iniciado por sus
antepasados.
Y así
como la Torre de Babel continúa siendo erigida sin pausa por la
humanidad, la tierra sigue siendo horadada por otros pueblos, que, a
imitación de sus vecinos, no comprenden la ironía de la des-cons-trucción.
Un cuento de Diana Rosés
Dibujo de Ileana Andrea Gómez Gavinoser basado en el cuento de Diana Rosés
(Copyright, 2013)
lunes, 13 de mayo de 2013
ASESINO SERIAL- cuento de María Antonia Sassi (copyright)
Sigiloso, sagaz como una nube blanca
que se diluye en el agujero negro de la oscuridad, se desliza sobre el tejado;
espía vacilante y expectante el cesto
concéntrico de ramas y hojas en la arista colonial del
techo del que se emiten débiles sonidos. La pareja en la entrada aguarda
al visitante trepador; en posición de
defensa perfilan sus pechos que son el blanco esperado en el primer zarpazo. Sonidos, ruidos, aleteos,
trinos ahogados. El rumiante se aleja con el golpeteo de la presa sobre el
techo, sangra la herida de la pareja asesinada, el nido quedó solitario.
Volátiles copos blancos surcan la noche y sentado triunfador, el felino
paciente frente al enrejado portón
aguarda sigiloso a la próxima
víctima.
Durante varias semanas permaneció sentado frente a las verjas de entrada.
Luego desapareció.
Al cabo de algunos meses, silentes pisadas se acercaron en la espesa noche cubierta de una neblina
blanca, cerrada, que no permitía distinguir nada cercano.
Se alejaron luego por la
vereda rocosa de baldosas salientes y
encorvadas. La trasnochada noche retomó
el silencio oscuro impenetrable.
Trastocada por el miedo traspasé la puerta de terracota pintada y desde
la ventanuca, con el oído inclinado
hacia el rectángulo del enmarcado
cristal traté de escuchar los ruidos del silencio.
Durante varias noches los pasos caminaron sobre el tejado y sobre mi
cabeza en el dormitante entresueño. Una
y otra vez y otra más, un ronquido rumiante me sobresaltó.
Escuché entonces el aleteo que
golpeando el tejado, caía en el espacio y se desarmaba. Al día siguiente las
vísceras y parte del plumaje se encontraban diseminados por el suelo
graminoso.
En lo alto, en la cumbre del pino, un nuevo grupo de extraños pájaros construían su morada. Semicírculos de picos corvos, ojos redondos, pupilas
enormes, cuerpos alargados, plumajes terrosos, trinos agudos
intimidaban el ambiente; enormes garras, se sostenían en las ramas que se
mecían hamacadas por la brisa de la tarde.
El aleto nuevamente me sobresaltó; una
víctima más en la cuenta del asesino. Me incorporé del sillón en el que
estaba sentada escribiendo un cuento corto frente a mi escritorio. Con rapidez, espié entre las tablillas de la
persiana y allí estaban luchando. En círculo una bandada de pájaros de la misma
especie se aglutinó.
El agresor se sintió prisionero sin ninguna probabilidad de una posible huída
Lo encerraron y
silenciosamente fueron devorando todo su ser. Tendida en el
suelo su piel de vellones de sedoso
y níveo pelaje era una mancha extendida sobre la gramilla del
parque.
Han pasado varios meses y todo ha regresado a la normalidad. De vez en
cuando los extraños pájaros en grupo regresaban al alto pino.
En el sillón, realizaba la corrección del borrador del libro que estaba ya finalizado sosteniéndolo entre las manos, leía sus últimos párrafos: Nuevamente los golpes sobre el tejado y los desgarrantes
y agudos sonidos de los pájaros, que más que sonidos parecían lamentos y
llanto. Espío el césped húmedo del otoño por las rendijas del ventanal y allí sentado, un enorme animal se ocultaba en la espesa niebla que apenas
dejaba adivinar al enorme anómalo con
apariencia de felino, ojos y cabeza de ladino y todo su cuerpo emplumado que espera paciente, sentado frente al portón
esperando a su próxima víctima.
MARÍA ANTONIA SASSI
Ilustración de Ileana Andrea Gómez Gavinoser sobre el cuento de María Antonia Sassi (copyright)
viernes, 27 de enero de 2012
La insurrección de la palabra, un poema de Kelly Gavinoser-Videopoema realizado por Ileana Andrea Gómez Gavinoser (copyright, 2011)
La insurrección de la palabra, un poema de Kelly Gavinoser
Videopoema
(Copyright, 2011)
Benteveo, un poema de Ileana Andrea Gómez Gavinoser- Videopoema realizado por Ileana Andrea Gómez Gavinoser (copyright, 2011)
Benteveo, un poema de Ileana Andrea Gómez Gavinoser
Videopoema
(copyright, 2011)
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